Jugar Atomix fue como entrar en una especie de laboratorio mental. Lo que más me sorprendió es cómo un concepto tan simple —mover átomos en un tablero hasta formar una molécula— se convierte en un reto tan complejo. Cada nivel te exige visualizar movimientos con mucha anticipación, porque los átomos no se detienen hasta chocar contra algo, lo que significa que un solo error puede arruinar todo tu planteamiento. La dificultad crece de forma progresiva pero constante, y eso me mantuvo completamente enganchado. Aunque el diseño gráfico es minimalista (como era típico en juegos de principios de los 90), la atmósfera logra ser suficientemente inmersiva gracias a la música y el diseño de niveles. Me hizo sentir que estaba resolviendo problemas reales de química, pero desde una perspectiva puramente lógica. Me gustó muchísimo porque no te regala nada: te exige paciencia, análisis y ensayo y error.

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